Tengo el dolor en el pecho del recuerdo de un sueño, se clava agudo entre mis senos, se mete de lleno a recordar lo que no tengo.
Son demasiados los días, quietos, fríos…
Llegan los vicios a matar fantasmas gladiadores de guerras que jamás inicié, legiones de soldados suicidas, minutos adictos a morir y repetir.
Es curioso como surgen torres a mí alrededor, suben y bajan, aparecen y se desvanecen. Arriba de cada uno posibilidades vagan jugando al póquer o al yenga… ¿Quién soy yo cuando no soy ella? ¿Quién es dueño de una verdad que no pueda fallar?
Asumo miedos con estilo profesional, encaro demonios sin armadura, no te equivoques no soy valiente, estoy cruda.
Estoy contaminada de sueños y esperanzas, sucia de emociones infrenables, adolorida de amor y harta de mi humanidad. Soy muda de maldades y sorda de perdones, estoy inquieta de caminos y asustada de intenciones.
Entre lo raro y lo absurdo hay un rió, en el me hundo como plomo, me fundo y consumo en su fondo de pantano y cal. No soy oro pero brillo, no es lo mismo pero es algo; no creo que nadie necesite tanto.
Penas ajenas atormentan. Hermano, Jesús está bien, no sufras tanto. Como zombies van heridos, llorando convencidos que generan compasión, asco es lo que siento, y hasta un tedio enfermo de verlos arrastrarse por la mínima atención. Me harta el gimoteo, no lo entiendo, no lo acepto… ¿Por qué dar lastima cuando se puede dar envidia?
Carga tu cruz con dignidad, y no agotes mi bondad.
Yo soy todo lo que tengo, y si digo que te daría todo, y me lamento, no es que mienta… solo siento que no cuidarías de mi templo. Entiende que la fortaleza que profeso no se cumple puertas adentro. Acepta mi locura, mi cuerpo, mi mente, mi alma y mi tiempo; acéptalos para curarlos, quiérelos para cuidarlos.
En cierto modo extraño, soy feliz.
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