Sucede que el amor no encaja, la paz no encaja, la mente y el alma no encajan; en un mundo de frivolidades mal llevadas, soy una pose con contenido, soy el marco, el cuadro y el artista, soy hija de Dios, y Dios soy yo.
Olvidé los significados, repetí los nombres, los términos hasta el hartazgo, los liberé, los entregué al viento, se volaron de mi mente, se volvieron formas, moldes vacíos, salieron de mi boca una y otra vez hasta entumecer la lengua.
El hombre y los rótulos, la necesidad asesina de nombrarlo todo. Los sentimientos nacen y mueren en las palabras
El lenguaje asesino del alma. No quiero decírtelo todo, no quiero hablar, quiero sentir, y que sientas en mi.
Amor no significa nada, “Amor”, sucesión cruel de letras vacías para una sensación tan grande. Estamos matando los sentimientos. Estoy matándolos ahora, aquí, con cada verso. Te estoy matando. Me muero por vivirte.
Soy una esclava dócil de mis palabras. Soy devota de la expresión lírica. Estoy condenada! Lo sé. Resignada a alienarme por opción en un ideal romántico hacia la lengua. Súbdita del lenguaje, abrumada por él, sometida a su magnifica limitación. Pero incapaz de llamarme poeta, soy insignificante ante la magnánima presencia de los términos.
Vivo fascinada por un arte que me supera. Voy dormida hacia un fracaso inevitable; yo, que me declaro tan dueña de mi, irónico destino para un alma deseosa de libertad.
No debí nacer aquí, equivoqué la época.

Esperé demasiado, perdí mi período ideal. Así como te pierdo entre diálogos cíclicos.
Los temores de una vida incompleta me acechan, rompen cada sueño, se adueñan de mi ánimo con tanta facilidad que asusta. Soy demasiado pequeña para todo este universo, la opresión en el pecho me recuerda la incomprensión, la soledad, el desamor a cada paso. Soledad entre multitudes, pero ellos no entienden, no ven, no ME ven.
No pretendo que me conozcan.
Eso es imposible, nadie jamás conocerá realmente a otro ser humano. Somos demasiado complejos, hasta el ser mas básico tiene una complejidad tal que nos impide afirmar que sabremos sus pensamientos o reacciones anticipadamente.
El mundo se vuelve ingrato, gris, falto de color, luz y esencia. Y yo me hundo en la mediocridad general, tan ajena. Me crucifican a cada palabra amable que exigen de mi boca, me aniquilan en cada pensamiento chato que estoy casi obligada a escuchar. Su maldad no tiene limites, se regocijan con minucias vanas, retroalimentan su ignorancia, sus risas miserables me calan los huesos, como un virus, una peste.
Me desangro hasta secarme en medio del acontecer social; el mundo no está hecho para los sensibles, para los creadores, los locos; no puede albergarnos.
En el camino tropiezo con piezas aisladas, mentes diamante que alivianan la carga. Pero ¿hasta dónde comparten mis penas? ¿Acaso las potencian? Puede ser que la empatía me obligue a sufrir a la par de mis compatriotas. Tomo sus dolores y los hago míos, me encuentro muy seguido viviendo por y para otros… ¿Quién vive para mi?
Corté mis uñas, lo hice casi maniáticamente, las corté al ras, las limé hasta enfermarme con dicha actividad. Quiero sentir, recuperé mis yemas, están sensibles, luego de mucho tiempo de protección acrílica. Toco todo, lo hago por instinto, lo hago a escondidas, en publico, cada textura, cada piel, cada temperatura…
Recupero el tacto para avivar el alma, recupero el tacto para reconocer al mundo, siento al mundo y lo que hay en él, tengo al mundo en las yemas de mis dedos.
Son dedos que no hablan, son dedos que no se esclavizan, dedos sin lenguaje, dedos sin gramática ni semiótica. Son censores vivos, cargados de recuerdos, de emoción, de expresión. Son armas contra la verbalización constante.
Lo toco todo, lo siento todo, lo recibo, no lo conceptualizo.
Quiero acariciarte, solo así puedo compartir, mis dedos como cables emiten las ondas de mi interior; cables vivos que me acercan, que me cuidan del aislamiento.
Soy todo lo que tengo para ser, para crecer. Tengo un pie fijo en mi camino y uno móvil para compartir tu meta y la de aquel; cada uno en su camino hasta el final, reconociendo pisadas ajenas que dejan sus huellas; la meta sigue inmutable, los sueños siempre vuelven. Eso es lo que asusta, más que la realidad.
La realidad es manejable, la realidad no es más que una armazón de circunstancias modificables, pero los sueños son algo más. Los sueños vívidos, esos que podrían suceder, los que nos harían felices, los que deseamos con la totalidad de las fibras de nuestro ser, esos son los verdaderos demonios ingobernables, como dagas envenenadas para recordarte lo insultante de tu condición actual.
Las pesadillas no me importan, el miedo se va cuando despierto, las pesadillas no se cumplen; el peligro de los sueños es tenerlos despierta, desearlos, anhelarlos tanto hasta sentirlos, hasta vivirlos, hasta confundirlos con algo real.
Y otra vez a alineación, y nuevamente la sociedad opresora, la sociedad intolerante que me obliga a refugiar mi mente en un mundo onírico que no me lleva a ningún sitio.
El camino no va a ningún lado si el viajero no tiene meta.
Quiero mis metas, quiero mis sentimientos, los abrazo y te los doy, sin decirlo, sin atarlos, los libero, les pondré alas y rezaré por que lleguen sanos hasta tu cama; y penetren en tus sueños, mientras te espero descalza, en el jardín, entre el pasto con un té de jazmines.
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