Casi presagiando lo que ocurriría la lluvia bendijo su frente esa tarde; siempre quiso enamorarse bajo la lluvia, tenía la impresión de que todo lucía mas bonito si estaba mojado.
No era la primera vez que olvidaba el destino del viaje, entre canciones y anotadores las estaciones perdían sentido, “¿bajar? ¿para ir a dónde?”, ya no recordaba…
Había parado de llover dos estaciones atrás, su lapicera se desacelera con el sol, es que prefiere ver el arcoíris y las hojas brillantes de humedad, la velocidad del tren era ideal para formar juegos con los álamos, que resultaban ser sus árboles favoritos; ella sospechaba que los estaba imaginando, y tal vez así era.
Entretenida en el ensueño natural no vio cuando él se acercó, la música en sus oídos no dejó que escuchara la petición, por suerte insistió tocando su brazo; al mirarlo adivino un “¿me puedo sentar?”. Claro, había olvidado que no era la única habitante del planeta, así que corrió su valija, es que ella suele andar con demasiados objetos que no usa, agrupados en infinidades de bolsos o valijas de tamaños sospechosos. Son como mudanzas constantes, creo que aún no encuentra su lugar en el mundo, su “hogar”.
Una vez más su reproductor la abandonó, siempre olvida cargarlo, no es muy amiga de la tecnología; los sonidos del entorno la quitan del trance, recuerda que se pasó demasiadas paradas, por lo que bajar es inútil, decide parar en la estación que más árboles tenga y dar un paseo. Era temprano, o muy tarde, daba igual.
“Aun no se bajó” pensó al ver las zapatillas de lona del chico aquel; llegó hasta las manos, no quería que notara que lo estaba mirando; eran lindas, aniñadas, delicadas…
No aguantó, lo miró; para su sorpresa él la estaba mirando. Fue incomodo, fue un instante eterno de silencio pesado, y entonces al mismo tiempo: “¿cómo se llama la estación que sigue?”… “¿tenés hora?”
Rieron.
“No uso reloj”, dijo ella. “Y… ¿ese?”… había olvidado que llevaba un reloj colgando del cuello, un candado dorado, detenido a las seis de la tarde, su hora favorita. “No, ese no anda”
“¿Dónde tenés que bajar?”. Se sorprendió cuando ella explicó que solo viajaba, que el destino ya no era importante, solo quería unos cuantos árboles.
¿”Yo bajo en la próxima” es una invitación?
Aun lo pensaba cuando ya se habían parado para bajar, intercambiaron nombres y lugares de origen, “estás muy lejos de tu casa”. Siempre lo estaba en realidad, ella no solía estar donde su cuerpo moraba.
El bajó primero y extendió su mano, ella la tomó y él la ayudo a bajar, habia sido el mejor primer contacto de la historia. De repente se vio bajando de infinidades de transportes, ayudada por este caballero de armadura de lona blanca y ojos verdes.
Caminaron hasta una plaza alfombrada de pasto y rodeada de árboles con mil historias.
El destino no quiso esperar mas, seis campanadas terminaron de sonar lejanas, ella era feliz su hora la abrazaba. “Llueve otra vez” dijo él con calma, no pensaba ir a ningún lado, la gota en su mejilla lo probaba; pronto otras acompañaron en el resto de sus cuerpos.
“Sí…” dijo ella con tono revelador, “es que yo siempre quise enamorarme de VOS bajo la lluvia”.
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